Un pequeño Estado imaginario

Siempre toca escuchar a quienes hablan sobre un estado mínimo y eficiente. Pues bien, les tengo malas noticias: no existe. Ese país donde el aparato público solo se dedica a asegurar la propiedad privada, defensa y servicios esenciales, es una idea que no tiene asidero en la realidad. Ningún país desarrollado ha llegado ahí, a punta de un mercado perfecto y un gobierno que solo asegura las reglas del juego. Mientras Chile tiene el menor gasto público de la OECD con un 25% del PIB, en Estados Unidos la cifra asciende a un 38% y en Dinamarca un 50%.

En 1870, el promedio del tamaño del Estado en los (hoy) países desarrollados era un 11% aproximadamente. La precariedad de las condiciones de vida en las principales capitales durante esa época fue el caldo de cultivo perfecto para proponer reformas radicales, como el Comunismo. Como respuesta a esto, Alemania avanzó en los primeros proyectos de seguridad social con un gobierno de derecha al mando. En 1920 el tamaño promedio se había doblado, y en los años 60’ los Estados del primer mundo rondaban el 30% en relación con su economía. Todos, en la medida que se hicieron más ricos, también aumentaron su cobertura social. 

Existe aún debate sobre qué fue primero, si el huevo o la gallina. Si gracias a que eran países prósperos pudieron darse el lujo de tener buenos servicios públicos, o si gracias a un Estado fuerte es que la economía pudo prosperar. Algunos lo explican como una compensación a la globalización, donde al existir menor protección a las industrias y empresas locales, la población exigió mayor seguridad al enfrentar más incertidumbre. Por otro lado, el relato nórdico viene desde la libertad: solo cuando cada ciudadano sabe que existe una red de seguridad, puede atreverse a perseguir el proyecto de vida que quiere. Probablemente tiene un poco de todo. Fue en una evolución gradual, no de golpe, donde las piezas se fueron moviendo y acomodando secuencialmente.

Cuando descubrí todo esto, también me desilusioné. Crecí creyéndome el cuento del Estado mínimo, donde un mercado laboral maduro era la clave para desarrollo. Donde la cantidad de mecánicos, médicos y meseros es idónea, permitiendo que todos vivan relativamente bien y con ahorros suficientes por si algo sale mal. Pero el mercado se puede demorar siglos en madurar y nuestro país está lejos de ese equilibrio, cuando el 86% de la población gana menos de 1 millón mensual, el 50% menos de 400 mil pesos y 29% se encuentra en la informalidad. Muchos compatriotas no pueden darse el gusto de esperar 100 años para que el mercado se ajuste.

Si bien no hay consenso sobre cómo lograr el desarrollo, sí existe evidencia de que los países que lo alcanzaron fomentaron el comercio internacional, mientras invirtieron decididamente en salud, educación y seguridad social. En ellos, a pesar de que los niños no votan, la mayoría del gasto en educación va a la educación primaria, no superior, dado que invertir más en lo segundo aumenta la desigualdad. Moraleja: hay que invertir bien.

Insistir en un Estado mínimo lo único que ha hecho ha sido quitarle el foco su importancia y su buen funcionamiento. Tengamos las conversaciones correctas sobre cómo tener un mejor aparato público, con los incentivos bien puestos, con autonomía para adaptarse al contexto, con la independencia del juego político y con la tecnología necesaria. La mejor herramienta que tenemos como sociedad para desarrollarnos, es el Estado que entre todos financiamos y legitimamos. No lo ninguneemos, sino que, por el contrario, ocupémonos de que sea la organización con mejor desempeño en nuestro país.

AUTOR:
Tomás Sánchez.

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