¿Es conveniente votar por Constituyentes Independientes?

La carrera por la constituyente ya comenzó, pero todavía no sabemos quiénes serán los participantes. Lo que sí está claro, a estas alturas, es que el oficialismo logró llegar a un acuerdo inscribiendo una sola lista, denominada Vamos por Chile, que incluye a la UDI, RN, Evópoli, y personas nominados por el PRI y por el Partido Republicano. Caso muy contrario es el de la oposición, que terminó inscribiendo cuatro listas: Unidad Constituyente (DC, PS, PPD, PR, PRO, Ciudadanos, PL y ex RD); la izquierda dura (RD, Comunes, Convergencia Social, PC, FRVS, Acción Humanista); el Partido Humanista; y el Partido Ecologista Verde.

Pero lo más llamativo de este proceso son los 2.230 candidatos independientes que se anotaron fuera de las listas de los partidos políticos, y que fueron patrocinados por 380 mil ciudadanos. Vale la pena centrarse en este fenómeno.

Evidentemente la ciudadanía terminó idealizando a los independientes, como si ellos fueran una opción muy superior a los políticos de turno. Ciertamente los actuales parlamentarios han contribuido a que muchos pensemos de esta manera, pero debemos ser sumamente cuidadosos en no dejarnos arrastrar por esos pensamientos del tipo “váyanse todos para la casa” y “hay que renovar la política”. Si de nuevas formas y renovación de ideas se trata, basta ver lo que pasó con el Frente Amplio, que al final del día trajo ideas viejas y fracasadas de los años sesenta, y terminó incurriendo en los mismos vicios que ellos mismos criticaban.

Por lo demás, una cosa es traer ideas nuevas y refrescantes a un debate, y otra cosa es poder canalizarlas adecuadamente en una “casa para todos”. Es difícil pensar que un gran grupo heterogéneo de independientes, aunque bien intencionados y muy capaces, puedan conformar, en los plazos limitados de este proceso, equipos de trabajo eficientes y coherentes. El proceso constituyente, para ser exitoso (no me refiero exitoso para la derecha o la izquierda, sino para que salga una buena constitución), requiere de una gran capacidad negociadora, sólidos argumentos técnicos, gran pragmatismo y flexibilidad para llegar a acuerdos en temas muy complejos, tales como ¿Qué tipo de gobierno, Parlamento y Poder Judicial queremos? ¿Qué derechos queremos garantizar, y cómo deben plasmarse y financiarse? ¿Cómo redactar una constitución que sea consistente y clara? En el extremo, es más fácil que dos personas se pongan de acuerdo sobre los diversos temas, a que lo logre un grupo heterogéneo de muchas personas. En ese sentido, las grandes coaliciones ofrecen una mayor garantía de lograr acuerdos consistentes con la “casa para todos” y el largo plazo.

Probablemente muchos de los que leen esta columna argumentarán que ello no es así, porque el actual Parlamento es un buen ejemplo de cómo parlamentarios, de derecha e izquierda, terminan votando cualquier cosa. Es cierto, pero ello responde más bien a un fenómeno de re-elección que los lleva a votar en función de lo que dicen las encuestas. Dado que en este caso no existe la re-elección, y más encima quedan inhabilitados para las próximas elecciones parlamentarias, hay una mayor probabilidad de que voten en función de los principios que representan.

Es por ello que ese desprecio hacia los partidos políticos, que termina traduciéndose en una visión idealista de poder diseñar una constitución con nuevas caras y nuevas ideas, es una utopía seductora pero muy peligrosa. Con todos sus defectos, lo mejor es que la nueva Constitución se construya con los partidos políticos, y no al margen de ellos.

AUTOR:
Gabriel Berczely.

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