El otro 10%

Nadie estaría dispuesto a matar por un 10% de rentabilidad, entonces, la pregunta interesante es ¿A qué sí estaría dispuesto usted por lograr la rentabilidad esperada? ¿Dónde está línea que no se puede cruzar a la hora de hacer negocios? De seguro, más de uno respondería apresuradamente que esa línea es la ley. Para usted, clases de ética y dos avemaría. 

Miles rasgamos vestiduras frente al proyecto de Ley de retiro del 10% de las AFP. Nos parecía un mal proyecto al compararse con alternativas posibles. Incluso dijimos que era derechamente inmoral meter la mano al bolsillo de las personas, cuando podría ser el Estado quien financiaría un infortunio universal. Puesto que la ley se estaba desarrollando en su camino a ser promulgada, ¿era entonces el diseño de la ley, también, el trazado de nuestra ética? Dejémosle la reflexión filosófica a los competentes próceres columnistas del fin de semana, pero permitámonos la respuesta práctica en esta: claramente no.

Como bien señalaba una destacada historiadora un par de meses atrás “Si vamos a juzgar todo el pasado con los criterios morales del presente, habría que borrar la historia completa”. Las leyes, tanto como los juicios de valor y la genialidad de las ideas, son presas de su contexto. La realidad es dinámica, y por lo tanto, toda regla nace obsoleta y es por eso que echamos mano al sentido común, que suele actualizarse sobre la marcha. Es así como todos hemos constatado, que cumplir la ley no es suficiente cuando se intenta justificar más de una acción repudiada por la ciudadanía, inversionistas, clientes y empleados. 

Las leyes son nuestro mínimo común para vivir en sociedad. Son literalmente los mínimos en los que logramos ponernos de acuerdo para intentar vivir en armonía. Entonces, volvamos a la pregunta original: ¿Hasta dónde llegaríamos para conseguir un punto más de rentabilidad? ¿Cuál es el trade off al que estamos dispuestos? A plena luz del día, vemos cómo los hechos hablan por sí solos. Desde contaminación, pasando por  eternos plazos de pago a proveedores, hasta salarios paupérrimos en empresas que obtienen rentabilidades sobre normales ¿No sería razonable aumentarle un 20% el sueldo a mil personas que ganan 400 mil pesos, a cambio de un punto de rentabilidad o un millón de dólares de utilidad? 

Cada uno sabe donde le aprieta el zapato. Miles de buenos empresarios, con empresas de todos tamaños son un ejemplo de cómo las empresas son un vehículo de bienestar. Sin embargo, el discursos de algunos y las acciones de otros, empañan la reputación de todos. En tiempos donde se ha puesto en manifiesto la fragilidad de las empresas, es crucial defender su legitimidad. Necesitamos subir la vara. El relato, estrategia y ética empresarial necesita ser uno cercano a las necesidades de la gente. Ella necesita sentir que las empresas están de su lado, no que son antagonistas intentando raspar la olla en desmedro del resto de la sociedad. La rentabilidad y la maximización de utilidades no puede ser a cualquier precio, y el límite está mucho más acá que la ley. La sociedad no tendría este nivel de desarrollo, sin las empresas de por medio. Y estas, no tendrían un mercado, si no fuese por el respaldo que diariamente le entregan los ciudadanos. Cuidémoslo.

 

AUTOR

Tomás Sánchez.

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