Una hoja de ruta que baje la incertidumbre

Al 17 de marzo habían 190.000 casos confirmados de Covid-19 en el mundo y alrededor de 7.500 muertes. Todo indica que cada 5 días se duplicará la cantidad de infectados. Este crecimiento exponencial es lo que ha impulsado cuarentenas totales y parciales. Si bien hay serias dudas respecto a los resultados a largo plazo de las cuarentenas, sí existe certeza que el virus ataca con dureza a los mayores de 60 años, especialmente aquellos que tienen enfermedades diabéticas y/o coronarias y que, a diferencia de la influenza normal, prácticamente no tiene efecto en los niños.

A la fecha tenemos en Chile 922 contagiados, dos fallecidos y un forcejeo entre el gobierno y varios alcaldes, el Colegio Médico y parlamentarios de oficialismo y oposición, que exigen medidas más drásticas para cortar la propagación del virus. Mientras el gobierno, la sede local de la OMS y varios médicos y científicos consideran que ello es completamente insensato e innecesario por ahora -sin descartar que convenga hacerla en algún momento, pero por tiempos limitados-, el grupo a favor aduce que debe escucharse a la ciencia y al pueblo que exigen la cuarentena ya y por todo el tiempo que sea necesario.

Si bien no existen cálculos precisos de los muertos que puede dejar el Covid-19, se estima que puedan fallecer entre 500 mil y 1 millón de personas en todo el mundo. Cifra relevante, salvo cuando se la pone en perspectiva con otras enfermedades. En el mundo fallecen anualmente cerca de 18 millones de personas por enfermedades cardiovasculares, 10 millones por cáncer, 1,6 millones por diabetes, 1 millón por picaduras de mosquitos, 800 mil por suicidios y 500 mil por asesinatos. Si fuéramos consistentes con las medidas que está generando el Covid-19, ya debiéramos haber prohibido todo alimento que aumenta el riesgo de cáncer, enfermedades cardiovasculares, y diabetes. Y, por cierto, debiéramos poner en cuarentena a países que tienen mosquitos, y confinar a los potenciales suicidas en un hospital siquiátrico.

En el caso específico de la influenza, la CDC (Centro para el control y prevención de enfermedades de Atlanta) estima que alrededor de 35,5 millones de estadounidenses se enferman anualmente con influenza, resultando en casi 500 mil hospitalizaciones y 34.000 muertes. A nivel global, la CDC estima entre 290 mil y 650 mil las muertes anuales por causas respiratorias relacionadas a la influenza. Si fuéramos consistentes con las medidas que algunos están solicitando por el Covid-19, ya debiéramos estar viviendo cuarentenas globales hace rato, porque la sola cifra de las muertes anuales por influenza normal, que se repiten año tras año, supera con creces lo que puede pasar con la actual pandemia.

Pero analicemos algo que en principio es totalmente evitable, esto es, la muerte por accidentes de tránsito. Según la OMS, en el mundo fallecen anualmente alrededor de 1,35 millones de personas por esta causa. La mitad de estos fallecimientos corresponde a peatones, ciclistas y motociclistas que tuvieron la mala suerte de estar en el momento y lugar equivocado. Mas aún, los accidentes de tránsito no sólo son la principal causa de defunción de niños y jóvenes entre 5 y 29 años, sino también de una enorme cantidad de hospitalizaciones e incapacidades. Nuevamente, si fuéramos consistentes con las medidas que algunos solicitan por el Covid-19, ya debiéramos haber decretado la prohibición de circulación de cualquier vehículo en el planeta.

Sin embargo, no hay movimiento alguno que haya exigido cuarentenas por influenza y por suicidios, prohibición de expender productos (alcoholes y tabaco entre ellos), y menos aún prohibición de circulación para vehículos. ¿Qué es entonces lo que puede justificar la cuarentena en el caso del Covid-19? En primer lugar, la velocidad exponencial del contagio, la correspondiente falta de disponibilidad hospitalaria para atender todos esos casos, y, por ende, el consiguiente aumento de la mortalidad. En segundo lugar, el exceso de precaución no provoca consecuencia alguna para el que la pide o impone (pero sí para el país), mientras que cualquier muerte potencialmente evitable puede costarle el puesto al que no extremó la precaución.

El gran desafío es definir lo que es “debida precaución”, porque estamos enfrentando una historia en desarrollo, por lo cual las decisiones que se toman no están basadas en “verdades absolutas” sino en modelos estadísticos, apreciaciones, algo de experiencia con otras pandemias del pasado, y mucho en miedo e intuición.

En ese sentido, el reciente informe del Imperial College, de Inglaterra muestra que, de no hacer nada, el 80% de la población británica se infectaría en 3 a 4 meses. De este porcentaje, sólo el 4,4% de las personas tendrían que ser hospitalizadas, y de este porcentaje, sólo el 30% requeriría cuidado intensivo. Si bien esto implica que sólo el 1% de la población terminaría en cuidado intensivo, ese pequeño porcentaje equivaldría a 30 veces la cantidad de camas que tiene disponible el Reino Unido para cuidado intensivo. Sin embargo, es importante notar que esta ecuación está altamente influenciada por la población adulta. Hasta los 50 años de edad, el porcentaje de hospitalización crítica llega a un máximo de 6%, pero en el caso de edades superiores a los 70 años, el porcentaje supera el 43%, siendo el 71% para aquellos mayores a 80 años. En otras palabras, controlando a las personas mayores a 60 años el modelo demuestra una gran disminución en el desbalance entre camas disponibles y camas necesarias.

El informe del Imperial College también muestra que el aislamiento de casos infectados, cuarentena y distanciamiento social de mayores a 70 años es la medida mas eficaz para disminuir la exponencialidad de casos, lo cual tiene mucho sentido porque son estos últimosprecisamente los que tienen mayor riesgo. Pero el informe también muestra que el cierre de colegios y universidades sólo muestra una pequeña mejora cuando se lo compara con la alternativa de no hacer absolutamente nada. Esto obedece al bajo nivel de infección que tiene la juventud (menos del 1%), al bajo porcentaje que requiere cuidado intensivo (inferior al 5%), y al ínfimo porcentaje de fatalidad (inferior al 0,03%). En otras palabras, una vez pasada la explosión de contagio exponencial, no tiene mucho sentido mantener a los niños y jóvenes en la casa. Mejor que vuelvan a clases.

Pero hay otro hallazgo muy relevante para Chile: casos exitosos como los de Corea del Sur y Alemania demuestran que la capacidad de testeo de la población, rápido y masivo, es fundamental para evitar la experiencia italiana. Lamentablemente estamos lejos de la rapidez necesaria, porque el ISP se está demorando entre 48 y 72 horas, y hasta una semana, para entregar los diagnósticos. Lo más preocupante es que esta demora se está generando con un crecimiento linear de casos. Si llega a explotar la exponencialidad, tal como ha sido la experiencia en otros lugares, la demora sería eterna. El gobierno está adquiriendo tests y aumentando la capacidad de diagnóstico, pero se encuentra con una realidad global de escasez de reactivos e insumos. Más encima, la implementación del testeo de diagnóstico requiere de un equipo humano especializado que hay que ir armando.

En otras palabras, la cuarentena total permitiría aplanar la curva epidémica, y con ello ganar tiempo para construir el sistema de testeo. Pero, al mismo tiempo, presenta una potencial complicación sanitaria, y una catástrofe económica que debe minimizarse a toda costa.

En cuanto a la sanitaria, según David Katz, presidente de True Health Initiative, y founding director of the Yale-Griffin Prevention Research Center, en una reciente entrevista en el New York Times, la reclusión que implica la cuarentena puede aumentar el riesgo para los adultos mayores, pues obliga a convivir bajo un mismo techo a niños, jóvenes y adultos. Mientras la infección para los dos primeros es leve, para los adultos puede ser mortal, de manera que el enclaustramiento aumenta el riesgo de los más vulnerables. Para muchos científicos y médicos, lo lógico sería dejar que los niños y jóvenes se infecten, generen los anticuerpos, y con ello dejen de ser una amenaza para los adultos. Para los que piensan de esta manera, cuanta más cuarentena, mayor será el brote epidemiológico posterior debido a la falta de inmunidad adquirida. Esto es un factor relevante a la hora de balancear cuarentenas totales y parciales.

En cuanto a la económica, una cuarentena total, con duración difusa, no sólo interrumpe la cadena de suministro, sino que genera una gran crisis de pánico a los actores que mueven la economía y las finanzas. La incertidumbre respecto al alcance de una cuarentena, especialmente en lo que dice relación con su duración y alcance geográfico, deriva en decisiones drásticas que no tendrían lugar si se tuviera mayor certeza del escenario futuro. Crisis basadas en pánico aceleran la crisis financiera (empresas dejan de pagar sus compromisos, generando la caída de proveedores y bancos), de ahí viene la crisis económica (empresas dejan de ser sostenibles), y con ello se desemboca en una tremenda crisis social (desempleo y conflicto social). Y no sólo de las empresas, porque ¿de qué vivirán los trabajadores por cuenta propia como taxistas, vendedores ambulantes, médicos, dentistas, peluqueros, kinesiólogos, etc., durante la cuarentena total? ¿De qué vivirán todos aquellos que viven de ingresos variables (mozos y personal de restaurantes) o de avances de obra, como los trabajadores de la construcción? ¿Cómo van a sobrevivir los inmigrantes que dependen de trabajos informales? Estamos hablando de cientos de miles de personas que vivirán en el limbo si no existe una hoja de ruta informada, pero creíble.

Dado lo anterior, cualquier predicción de recesión y caída del producto bruto mundial, y de Chile, resulta infinitamente optimista en el escenario actual de incertidumbre total. Desde este punto de vista, una cuarentena total o parcial, sin plazos y hoja de ruta clara, es una medicina peor que la enfermedad.

En definitiva, el gran desafío es compatibilizar el aspecto sanitario con el aspecto económico/financiero. Ello se puede lograr con un comité de emergencia compuesto por el “Comité asesor Covid-19”, el ministerio de Hacienda, el de Economía y la CPC, para que juntos elaboren una hoja de ruta de la crisis que sea creíble.

Por ejemplo, si el tema pasa por ganar el tiempo necesario para armar la infraestructura de testeo, bloqueando el movimiento en aquellos lugares más conflictivos (hoy por hoy, el barrio alto), para luego entrar a una cuarentena general de dos semanas, el comité podría presentar un plan concreto de pasos y tiempos estimados. Y que sea ese comité el que trate de compatibilizar los beneficios y costos de las alternativas elegidas, y defina la mejor hoja de ruta posible, siempre bajo la visión de que lo ideal es enemigo de lo bueno.

Con la participación de agentes económicos, y con menor incertidumbre en cuanto a tiempos y zonas, los empresarios e independientes podrían tomar decisiones más racionales. Y, al mismo tiempo, podrían contribuir con ideas para resolver las externalidades negativas para el comercio, la industria, los servicios, etc. Esto es muy distinto a lo que tenemos ahora, donde estamos más perdidos que ciegos en tiroteo, pensando que esto puede durar meses, y que todo va a colapsar como consecuencia de ello.

Un segundo aspecto que ayudaría muchísimo, en caso de entrar en cuarentena total, además del plan presentado recientemente por el ministro Briones, es permitir que las empresas puedan decretar vacaciones obligatorias por el tiempo que dure la cuarentena. Esto permitiría aminorar el costo salarial descontándolo de las vacaciones futuras.

Algunos podrán decir que de todas maneras nos afectará la crisis global. Es cierto, porque cuando llueve todos se mojan. Pero tratemos de armar el paraguas mas grande posible. Los productos de exportación de Chile, que son la gran palanca económica de nuestro país, están muy relacionados con las necesidades de alimentación del mundo, que sigue consumiendo fruta y salmones entre otras cosas, y con el mercado chino que ya se esta recuperando lentamente (celulosa y cobre).

AUTOR

Gabriel Berczely.
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