30 años de democracia

Este 11 de marzo se cumplieron 30 años de democracia. Quizás el más trágico. Aún no lo sabemos. Por sus particularidades, la instancia amerita mirar nuestra historia en perspectiva. Para ello, en cuanto a sus particularidades, es preciso analizarla en tres períodos, tal como lo hace el PNUD en su informe sobre “Diez años de auditoría a la democracia” (2019). El primero es entre 1990 y 2005. El segundo parte el 2006 y culmina en octubre del 2019, y el tercero se ubica desde lo que se ha llamado “estallido social” en adelante.

Desde los noventa, gracias a la lógica de pactos, se consolidó exitosamente la transición a la democracia, donde el mayor hito de la época fue la Constitución firmada por el expresidente Ricardo Lagos. No obstante, simultáneamente se profundizó la distancia de las personas con los partidos políticos, disminuyó la identificación ideológica, y se deterioraron las instituciones representativas.

El segundo período se caracterizó por una repolitización de segmentos jóvenes, cuya expresión fueron los movimientos estudiantiles de secundarios y universitarios. Además, se fortalecieron las organizaciones extrainstitucionales, se demonizó el término lucro, y se instaló la idea de que la constitución no era legítima. Paralelamente, explotaron los escándalos de financiamiento irregular en la política y de colusión. La desigualdad económica, habiendo disminuido en el tiempo, se situó como tópico de diversas campañas y discusiones. Como resultado, aumentó el descontento con el régimen y la apatía por el sistema.

Hoy vivimos el tercer período. En él, la intimidación y la política extrainstitucional se consolidan como norma, y el monopolio de la violencia se dispersa. Frente a ello, el ejecutivo respondió a las demandas con una ambiciosa agenda social y un llamado a plebiscito donde se votará si cambiar o conservar la Constitución. Aun así, la violencia ha seguido en las calles, y ninguna de las organizaciones sociales que presiona al gobierno se encuentra dispuesta a dialogar y llegar a consenso. Tampoco parte de la oposición, lo que dificulta que se recupere el Estado de Derecho.

Internacionalmente las democracias se encuentran en retroceso, y la nuestra presenta síntomas de debilitamiento. Al respecto, lo primero que necesita hacer nuestro sistema político es recuperar el orden público y relegitimar sus instituciones. Esto requiere que se reconozca que tal misión atañe a todas las autoridades, y que deben cooperar para lograrlo. Así también, deben aumentar los canales de participación junto una ambiciosa modernización del Estado, que permita un uso eficiente y estratégico de los recursos de cara a los grandes desafíos de nuestro siglo. Finalmente, no podemos olvidar que para sostenerse, la democracia necesita del desarrollo económico, por lo que urge volver a preguntarse cómo podemos volver a crecer.

Tengamos presente que aquí no hay destino. Nuestra historia se va escribiendo con cada una de las decisiones que vayamos tomando. O nos esforzamos por evitar cometer los mismos errores del pasado, o nos dejamos llevar por la pasión y el odio y aniquilamos la posibilidad de convivir en un solo Chile. Esforcémonos por lo primero, antes de que sea demasiado tarde.

AUTOR

Alfonso España.
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