Valentina Verbal: Igualitarismo de la suerte

Quienes han criticado al actual gobierno por impulsar el proyecto de ley denominado “Admisión Justa” han invocado una teoría de justicia que la filosofía política más reciente parecía haber superado: el igualitarismo de la suerte.

Si bien resulta atendible el argumento de que las elites de derecha creen en el mérito más de la boca para afuera que en términos reales, ciertos analistas de izquierda se han ido a otro extremo: sostener que, por el hecho de que exista desigualdad en la partida o en el nacimiento, resulta imposible la existencia de movilidad social porque precisamente ese comienzo determinaría, casi de un modo irrevocable, el destino de las personas: su éxito o fracaso o, concretamente, el nivel de sus ingresos o rentas durante el trayecto de sus vidas.

Pero, ¿en qué consiste dicha visión? Dado que incluye a los más diversos autores (y con muchos matices entre ellos), no resulta fácil definirla. Sin embargo, y a partir de la descripción (y crítica) de Elisabeth Anderson —una autora no precisamente de derecha— es posible resumirla en “la noción de que el objetivo principal de la igualdad es compensar a la gente por la mala suerte inmerecida”, por ejemplo, nacer con pocos talentos, malos padres, sufrir enfermedades y accidentes, etc. Y ya que -agrega Anderson-, en sus primeras versiones, el igualitarismo de la suerte “socava la noción de responsabilidad individual al garantizar resultados con independencia de las elecciones individuales”, fue mutando hacia la igualdad en la partida, desde diversas métricas de justicia (bienestar, recursos, etc.).

Sin embargo, el problema es que para alcanzar dicha igualación se debe intervenir —necesariamente, y en no poca medida— sobre los resultados. Esto hace que, quiérase o no, la igualdad de oportunidades termine siempre convirtiéndose en igualdad de resultados, porque lo clave sería “corregir” la desigualdad que viene de los padres y que, justamente, se expresa en la partida de sus hijos.

Pero, además, ¿cómo determinar cuándo una desigualdad es producto de la suerte o de malas decisiones? Y si bien nadie merece nacer en mejores condiciones que otro, ¿puede decirse, por el contrario, que se trata de algo necesariamente inmerecido? O, ¿por qué los padres no tienen el derecho de transmitir los resultados de su esfuerzo (o incluso de su buena suerte) a sus hijos? Y ¿por qué la movilidad social —que las sociedades capitalistas han propiciado en Occidente— no puede transmitirse de manera intergeneracional, y a partir del esfuerzo (merecido o no) de las familias?

¿No será mejor, por otra parte, tener un criterio de justicia basado en la vulnerabilidad, independiente de la buena o mala suerte? ¿No será mejor pensar, más que única y necesariamente en la partida, en la vulnerabilidad de todos, es decir, en los más necesitados? Y si se piensa en éstos (y en los niños de clase media), ¿por qué no darles mayor libertad de elegir, permitiéndoseles un mejor acceso a la educación, incluyendo la posibilidad de efectuar aportes propios a establecimientos de provisión privada?

Las preguntas anteriores —que apuntan a problematizar el tosco igualitarismo de la suerte de nuestra izquierda—, no se oponen, sin embargo, a la buena parte de verdad que tiene aquel argumento que sostiene que las elites de derecha tienden a reproducirse a través del amiguismo o del “pituto”, haciendo del mérito una palabra vacía. No por nada un autor como Hayek —supuestamente canónico para quienes defienden el libre mercado— llegó a decir que la pretensión de utilizar el mérito como una métrica de justicia da cuenta de una “colosal soberbia”, porque se parte de la base que, en cada caso individual, alguien es capaz de determinar la forma en que las personas han usado las diferentes oportunidades y talentos que han recibido durante sus vidas.

Quizás el uso de la palabra mérito como mantra esconda el miedo que, al menos durante los últimos años, ha demostrado nuestra derecha a la hora de hablar de libertad: del derecho de todos a buscar su propio lugar en el mundo, independiente del concepto de felicidad que posean, y de los resultados efectivos de esa búsqueda.

Lea la columna en El Líbero aquí
By | 2019-01-16T11:17:19+00:00 16 enero 2019|Columnas de opinión|Comentarios desactivados en Valentina Verbal: Igualitarismo de la suerte

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Alfonso España
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