Ignacio Briones: Impuestos con sentido

No se trata de sustituir las prioridades de política definidas democráticamente, pero sí de romper con esa perniciosa creencia de que lo público es sinónimo de lo estatal. Que el Estado centralice la recaudación, en modo alguno significa también que deba monopolizar la provisión de bienes públicos y servicios sociales.

La semana pasada estuvo en Chile el filósofo alemán Peter Sloterdijk. Invitado por el CEP, las dos conversaciones que ahí sostuvo fueron, cual rock star, a tablero vuelto. Habló del rol de los intelectuales públicos, de universidad, de libertad de expresión, de Estado y, por supuesto, de su polémica propuesta de impuestos voluntarios.

¿Impuestos voluntarios? A primera vista un contrasentido del que cuesta, además, dimensionar su viabilidad. Después de todo, que los tributos sean obligatorios responde al problema económico básico de la acción colectiva (Olson): aunque haya una acción colectiva compartida –en este caso tributos para financiar bienes públicos, política social o gravar externalidades negativas- habrá incentivos individuales a no contribuir a ella esperando beneficiarse del aporte del resto. Ante esa expectativa, nadie termina contribuyendo.

Dicho lo anterior, el real valor de la propuesta no radica en la literalidad de la fórmula, sino en el principio que le subyace: impuestos con sentido a través una fiscalidad capaz de dibujar un puente ético entre “la mano que da”, la de los contribuyentes y la “mano que toma”, la del Estado. Una fiscalidad que, anclada en la moralidad de la donación, promueva un vínculo social y democrático más robusto.

Y es que si el mero cumplimiento de un deber por coerción no importa moralidad, esta ha sido la forma de relacionarnos con los impuestos. Somos pasivos deudores forzosos del Estado acreedor y, por ende, desentendidos del alcance de nuestras contribuciones. Esta aproximación de rebaño fiscal que vegeta detrás de su pastor acarrea evidentes implicancias para la vitalidad de la sociedad civil y de nuestra democracia.

Si bien la disruptiva fórmula de Sloterdijk es la de la voluntariedad como horizonte, hay otras formas intermedias que apuntan en la misma dirección. Dirección que no es otra que propender a un mayor involucramiento de la sociedad civil en el financiamiento y provisión de bienes públicos y servicios de utilidad social.

Así, al alero de impuestos obligatorios, se podría promover mayor libertad de los ciudadanos para direccionar financiamiento hacia organizaciones de la sociedad civil. Por ejemplo, mediante esquemas más ambiciosos de deducciones fiscales que fomenten las donaciones filantrópicas. A su vez, el propio Estado podría ser mucho más proactivo en el financiamiento de agrupaciones civiles que diversifican la provisión estatal.

No se trata de sustituir las prioridades de política definidas democráticamente, pero sí de romper con esa perniciosa creencia de que lo público es sinónimo de lo estatal. Que el Estado centralice la recaudación, en modo alguno significa también que deba monopolizar la provisión de bienes públicos y servicios sociales.

Lo concreto es que la sociedad civil es un potente motor de lo público y del dinamismo de la democracia. Sin una sociedad civil robusta e involucrada cunde el letargo de ciudadanos volcados a sus asuntos particulares y desentendidos de lo público. Ciudadanos, temía Tocqueville, cuya “inclinación natural es abandonar ese cuidado (de lo público) al solo representante visible y permanente de los intereses colectivos que es el Estado”.

Y, frente a tal riesgo, vaya que la propuesta de Sloterdijk cobra pleno sentido.

Lea la columna en La Tercera aquí
By | 2018-11-27T10:57:30+00:00 27 noviembre 2018|Columnas de opinión|Comentarios desactivados en Ignacio Briones: Impuestos con sentido

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