Cristóbal Gigoux: Porque 100 años no es nada

En una sociedad libre debe existir la libertad de expresión. Pero también se debe propender a la fraternidad entre sus miembros. Y es esta fraternidad, ideada por los ilustrados franceses, pero también esbozada por sus colegas escoceses bajo el concepto de “empatía”, no sólo permite al mercado funcionar, sino que también permite que la sociedad mantenga niveles mínimos de tolerancia y cooperación.

Al atardecer del 3 de agosto de 1914, al enterarse del desenlace de las negociaciones en el continente, Sir Edward Gray, Ministro de Relaciones Exteriores de Inglaterra, le comentó a un amigo su preocupación por la guerra que venía.  Afirmó, categórico, que “las luces se están apagando en toda Europa, no las volveremos a ver prendidas de nuevo en nuestras vidas”.

El conflicto terminó con 20 millones de vidas -efectivamente la flor y nata de toda una generación-, desmembró imperios, reformó las economías del mundo y, no pocos afirman, sentó pie para el surgimiento de totalitarismos que forzarían al mundo a enfrentarse nuevamente unos 30 años después.

El domingo recién pasado se conmemoraron 100 años desde el armisticio de la Gran Guerra y en todos los países que se recuerda tal hecho los llamados son a la unidad, la tolerancia y al entendimiento entre las naciones y sus pueblos. Sin perjuicio de lo anterior, tal como en la Europa del siglo XIX, hoy un fantasma recorre el mundo.

El tenor de las afirmaciones del presidente Trump, el nivel de agresividad en las elecciones en Brasil, el surgimiento de movimientos nacionalistas en todo el mundo, y los nuevos fanatismos -religiosos o no- que comienzan a madurar dentro del seno de las democracias liberales, no son sino signos de que algo no anda bien en la sociedad moderna.

Chile no se encuentra ajeno a esta tendencia. Existe hoy el incentivo claro para los políticos de polemizar lo más posible para lograr el mayor nivel de exposición en la prensa; de extremar sus posiciones para lograr seguidores más fieles que vayan a votar incluso en domingos calurosos; de “decir las cosas como son”; de “representar la voz del pueblo” o de los “sin voz”, sin consideración a sensibilidades o al efecto que esto puede generar para las personas que las reciben.

En una sociedad libre debe existir la libertad de expresión. Pero también se debe propender a la fraternidad entre sus miembros. Y es esta fraternidad, ideada por los ilustrados franceses, pero también esbozada por sus colegas escoceses bajo el concepto de “empatía”, no sólo permite al mercado funcionar, sino que también permite que la sociedad mantenga niveles mínimos de tolerancia y cooperación. Estos últimos conceptos, esenciales para el ejercicio de la libertad.

Así, al afirmar que una minoría no debe tener derecho a elegir la vida que quieran, o al categorizar a segmentos de la población producto de sus creencias o convicciones, o al asignar calificaciones extremas al adversario aprovechando ventajas políticas, simplemente atentan contra el “pegamento” de la sociedad. Y el resultado en Chile de tales tendencias y dinámicas, al menos para la generación de los años 70, se tienen más que claros.

Es por eso que uno esperaría que políticos, autoridades y dirigentes de toda índole consideren cómo sus actos afectan a la fraternidad de la sociedad chilena y que cuiden, especialmente, el tenor del discurso político. Las palabras de los líderes se repiten por el resto de la sociedad, y las ideas que se plantan en las mentes pueden engendrar monstruos si son alimentadas por el lenguaje equivocado.

Thomas Jefferson afirmaba que “el árbol de la libertad debe ser regado de vez en cuando con la sangre de patriotas y tiranos”. Esperemos no llegar a tanto.

Lea la columna en La Tercera aquí
By | 2018-11-15T15:47:52+00:00 15 noviembre 2018|Columnas de opinión|Comentarios desactivados en Cristóbal Gigoux: Porque 100 años no es nada

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