Benjamín Ugalde: Sloterdijk y los impuestos voluntarios

El filósofo alemán PeterSloterdijk propone una fiscalidad voluntaria como horizonte ético de acción y no como un subterfugio para suprimir los actuales impuestos. Se trata de una dirección hacia la cual los Estados deberían dirigir sus políticas. Es una mirada hacia el futuro. ¿Seguiremos aplicando anacrónicamente las formas impositivas coactivas del siglo XVIII y XIX o buscaremos soluciones que permitan un verdadero despliegue de la eticidad de los seres humanos?

Sloterdijk es un autor polifacético: filósofo erudito, historiador de las ideas y teórico cultural posthumanista. Sus escritos suelen contener hipérboles y provocaciones que tienen como finalidad despertar del letargo al ciudadano adormecido por la cotidianidad. La amplitud de sus estudios abarca desde un análisis filosófico de los espacios humanos íntimos hasta una breve historia de los orígenes y justificaciones de los sistemas impositivos.

Esta última reflexión suya en torno a los impuestos es la que le ha valido, probablemente, una de las mayores polémicas a lo largo de su carrera. En plena crisis subprime—y crisis de la deuda de los estados de bienestar europeos—, Sloterdijk escribe, en 2009, un pequeño artículo titulado “La revolución de la mano que da” para el periódico Frankfurter Allgemeine Zeitung. Allí, el filósofo realiza un dura crítica del sistema impositivo basado en la coacción, característico de los estados modernos, al que llama “la mano que toma”, y propone en cambio una fiscalidad que se sostendría sobre impuestos voluntarios aportados por los ciudadanos: “la mano que da”. Esta polémica dio lugar, posteriormente, a otros escritos y entrevistas en los que Sloterdijk profundiza en las razones para elaborar su planteamiento. El título de la recopilación de estos textos es, en español, Fiscalidad voluntaria y responsabilidad ciudadana, publicado por Editorial Siruela (2014).

Para Sloterdijk, el gran problema es que el Estado —transformado en un acreedor universal voraz— ha convertido al ciudadano simplemente en un “deudor”, y con los niveles de deuda que ostentan la mayor parte de los Estados desarrollados lo ha transformado en un “deudor de por vida”.

La posición de Sloterdijk sería incorrectamente comprendida si, apresuradamente, se lo tachara de un mero “reaccionario neoliberal”, como de inmediato algunos intelectuales de izquierda se atrevieron a acusarlo. Sin embargo, se engañaría quien pensara que Sloterdijk está relacionado con alguna forma de anarcocapitalismo libertario, minarquismo u otras corrientes que son críticas respecto de los impuestos. Pero la posición de Sloterdijk surge de otra vertiente, en sus propias palabras: “Hablo como un socialdemócrata de toda la vida; jamás he podido votar otro partido que al SPD (Partido Socialdemócrata de Alemania)”. Así, pues, el péndulo impositivo al que Sloterdijk quiere dar una salida es a aquel que se mueve entre simplemente “más impuestos” (socialistas) y “menos impuestos” (liberales). La solución pasaría por repensar nuestro sistema fiscal y darle un verdadero sentido ético.

Para Sloterdijk, el gran problema es que el Estado —transformado en un acreedor universal voraz— ha convertido al ciudadano simplemente en un “deudor”, y con los niveles de deuda que ostentan la mayor parte de los Estados desarrollados lo ha transformado en un “deudor de por vida”. Pero no satisfecho con eso, ha endeudado legalmente no solo al ciudadano actual, sino que también ha hipotecado a las generaciones futuras hasta llegar a “la expropiación del no-nacido”. Con esto —plantea Sloterdijk— se ha inaugurado lo que podríamos denominar como una “posdemocracia impositiva”, o dicho de un modo más brutal, “el saqueo del futuro por el presente”. Los mayores acreedores a nivel mundial no son los bancos, sino los Estados. El Estado de bienestar —en donde los impuestos bordean el 50 %—, ávido de recursos, ha endeudado a sus ciudadanos presentes y futuros a niveles insospechados. Y gran parte de la responsabilidad recae sobre quienes consideran el impuesto de manera casi sagrada, como algo “necesario”, e incluso como un asunto de “justicia”. Por esta razón, Sloterdijk afirma que hoy “un ministro de economía es un Robin Hood que ha jurado la Constitución”.

Pero, más allá de estas hipérboles y provocaciones —utilizadas para despertar del dogmatismo al ciudadano absorto en la cotidianidad impositiva—, lo relevante es que Sloterdijk desarrolla toda una teoría respecto del origen de la actual constitución de nuestros sistemas impositivos y, al mismo tiempo, plantea una ética de la donación como única forma democráticamente aceptable de justificarlos. Para Sloterdijk, el carácter coercitivo del impuesto impide,a priori, la eticidad del ciudadano. Simplemente, somos deudores forzados.

En nuestras democracias contemporáneas los tributos carecen, paradójicamente, de cualquier sentido ético y real valor democrático.

¿Cómo hemos llegado hasta este punto? El filósofo alemán plantea que la primera forma en que los estados se apropiaron de grandes porciones de las riquezas de otros fue a través del saqueo de la tradición bélico-expoliadora de espíritu imperial. En ella, la fuerza y la violencia eran impuestas sobre otros pueblos para apropiarse de sus riquezas; lo hizo Roma y también Napoleón. Es evidente que estos medios de expoliación no son precisamente “democráticos”.

La segunda forma de apropiación y justificación de los ingresos estatales es la autoritario-absolutista; en esta, es el monarca, déspota ilustrado, quien impone paternalistamente ciertos tributos sobre los súbditos con la excusa de actuar como un padre que pone exigencias a sus hijos “por su propio bien”. Naturalmente, esta forma de ingreso de los tributos tampoco puede ser considerada digna de un sistema democrático; “ya no vivimos en condiciones absolutistas y los ciudadanos no han de ser tratados como súbditos”, señala Sloterdijk.

La tercera forma de justificación de la apropiación estatal es aquella que se fundamenta en la idea de que el impuesto es una suerte de “contrarrobo moralmente justificado”, puesto que –bajo el postulado de Proudhon celebrado por Marx–  la propiedad no sería más que un “robo” de los ricos sobre los explotados. Esta idea encontraría posteriormente su máximo despliegue intelectual en la teoría de la plusvalía del propio Marx. Por cierto, tampoco esta sofisticada forma de justificación de la apropiación fiscal tendría en absoluto un sustento democrático.

Y, sin embargo, nuestro actual sistema impositivo es “una amalgama del segundo y tercer modo de justificación de los impuestos” que presupone dogmáticamente el derecho del Estado a tomar. Con lo que en nuestras democracias contemporáneas los tributos carecen, paradójicamente, de cualquier sentido ético y real valor democrático. Por ello Sloterdijk señala: “Se echa de menos el esfuerzo por establecer un nuevo fundamento de las transacciones fiscales entre la sociedad dadora y el fisco tomador, un fundamento a establecer desde el espíritu de la alianza democrática de ciudadanos”.

“Solo el cambio a una cultura de la donación y del reconocimiento del donante puede liberarla de su tedio del bienestar”.

Pero entonces, ¿cuál es la propuesta? Básicamente, para Sloterdijk, se trataría de promover una ética del dar basada en un sistema de fiscalidad voluntaria. Este cambio podría devolver a la población la vitalidad moral usurpada por el trato estatal del ciudadano como un mero deudor. Así, Sloterdijk afirma que “solo el cambio a una cultura de la donación y del reconocimiento del donante puede liberarla de su tedio del bienestar”. Solo podremos reformar la convivencia pública y nuestra relación con el Estado si nos comprendemos no como deudores sino como dadores.De esta forma lo que los Estados deberían promover es una sociedad filantrópica que se base en una competencia de donantes que sean reconocidos socialmente, y que se funde en las contribuciones espontáneas de los ciudadanos, no en la indigna coacción fiscal, pues, “el miedo no es un fundamento aceptable para la cohesión de una sociedad que pretexta ser una democracia. Querer crear una comunidad solidaria real con medidas fiscales coercitivas es un planteamiento vergonzoso”, afirma el filósofo.

Sloterdijk propone, pues, una fiscalidad voluntaria como horizonte ético de acción y no como un subterfugio para suprimir los actuales impuestos. Se trata de una dirección hacia la cual los Estados deberían dirigir sus políticas. Es una mirada hacia el futuro. Y como tal, resulta completamente pertinente con nuestros tiempos en que emerge la sociedad digital del futuro y la nueva economía que la acompaña. ¿Seguiremos aplicando anacrónicamente las formas impositivas coactivas del siglo XVIII y XIX o buscaremos soluciones que permitan un verdadero despliegue de la eticidad de los seres humanos? Esta es la gran pregunta que Sloterdijk nos ayuda a responder.

Lea la columna en El Líbero aquí
By | 2018-11-15T12:08:46+00:00 15 noviembre 2018|Columnas de opinión|Comentarios desactivados en Benjamín Ugalde: Sloterdijk y los impuestos voluntarios

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